La expansión urbana del área metropolitana de Guadalajara, en México, ha experimentado un notable crecimiento hacia el oeste desde la última vez que la ciudad fue sede de partidos de la Copa del Mundo en 1986. Este desarrollo ha transformado un paisaje que históricamente ha estado modelado por la actividad de antiguos volcanes.
Este patrón de crecimiento demográfico y urbanístico se inserta en un contexto geográfico particular, donde la presencia de formaciones volcánicas pretéritas ha influido en la configuración del terreno. La interacción entre el desarrollo humano y las características geológicas del entorno es un factor clave en la evolución de las grandes urbes en regiones con historia volcánica.