La costa de Maine presenta una marcada dicotomía en su morfología: al oeste de Portland, las playas son predominantemente arenosas y de contornos suaves, mientras que al noreste de la ciudad, el litoral se vuelve abrupto y rocoso. Esta diferencia, notable incluso desde el espacio, se atribuye a variaciones fundamentales en la geología del lecho rocoso subyacente y a la dinámica de deposición de sedimentos por parte de los ríos, según observaciones recientes.

La clave reside en la composición y resistencia de la roca madre. Al oeste de Portland, la geología favorece la formación de playas arenosas, un proceso modelado por la erosión y el transporte de sedimentos. Por el contrario, al noreste, el lecho rocoso es más resistente a la erosión, lo que resulta en un paisaje costero dominado por acantilados y formaciones rocosas. Además, la distribución de los sedimentos fluviales juega un papel crucial; los ríos que desembocan en la costa occidental aportan una mayor cantidad de arena, contribuyendo a la formación y mantenimiento de sus extensas playas.