La mitad de nuestro genoma está compuesto por transposones, fragmentos de ADN con la capacidad de moverse y replicarse. Lejos de ser meros "genes saltarines" o "ADN basura", estas secuencias han demostrado ser mucho más que parásitos genéticos. Recientes investigaciones sugieren que los transposones han desempeñado un papel crucial en la evolución de las especies, incluyendo la nuestra, actuando como colaboradores en lugar de simples intrusos.
Tradicionalmente, los transposones se han visto como elementos egoístas, capaces de insertarse en diferentes puntos del genoma y, en ocasiones, causar mutaciones perjudiciales. Sin embargo, su omnipresencia y persistencia a lo largo de la evolución indican una función más compleja. Se ha descubierto que pueden influir en la regulación génica, en la estructura cromosómica y en la creación de nuevas funciones genéticas, contribuyendo así a la diversidad y adaptabilidad de los organismos. Su estudio abre nuevas vías para entender cómo la plasticidad genómica impulsa el cambio evolutivo.