La topografía de Seattle, caracterizada por sus colinas y cuencas, ha sido modelada a lo largo de milenios por procesos geológicos, principalmente la acción de glaciares. Estos eventos glaciares han dejado una impronta duradera en el paisaje, creando las elevaciones y depresiones que definen la geografía de la ciudad. Este modelado natural ha sido un factor determinante en la configuración de los patrones de asentamiento y desarrollo urbano posteriores.

Además de la influencia glacial, la actividad humana ha jugado un papel significativo en la modificación del terreno de Seattle. A lo largo de su historia, la ciudad ha experimentado extensas obras de ingeniería civil, como la nivelación de colinas, el relleno de áreas bajas y la construcción de infraestructuras, que han alterado sustancialmente la geomorfología original. Estas intervenciones antrópicas han buscado optimizar el espacio para la urbanización y el transporte, superponiéndose a las formas del relieve preexistentes y creando un paisaje híbrido donde lo natural y lo artificial se entrelazan.