El Premio Nobel de Física de 1926 fue otorgado a Jean Baptiste Perrin por su trabajo sobre la discontinuidad de la materia y el descubrimiento del equilibrio de sedimentación. Este reconocimiento marcó un hito en la aceptación de la teoría atómica, proporcionando una confirmación experimental robusta de la existencia de átomos y moléculas a través del estudio del movimiento browniano.

Perrin, basándose en las predicciones teóricas de Albert Einstein y Marian Smoluchowski, realizó una serie de experimentos meticulosos. Observó partículas de polen suspendidas en agua, demostrando que su movimiento aleatorio y errático, el movimiento browniano, era una consecuencia directa de los impactos de las moléculas de agua invisibles. Sus mediciones precisas de la distribución de las partículas en función de la altura, conocidas como equilibrio de sedimentación, le permitieron determinar el número de Avogadro con una precisión sin precedentes. Este valor, que relaciona la escala macroscópica con la microscópica, fue crucial para establecer la realidad de los átomos.

Antes del trabajo de Perrin, la existencia de los átomos era una hipótesis ampliamente debatida en la comunidad científica. Aunque la teoría atómica había sido propuesta mucho antes, carecía de una prueba experimental concluyente que convenciera a todos. Los experimentos de Perrin no solo validaron las ecuaciones de Einstein para el movimiento browniano, sino que también proporcionaron una evidencia irrefutable de la naturaleza discreta de la materia, cerrando el debate y sentando las bases para gran parte de la física y la química modernas.